Purgatorio Navideño

Dicen que después de la tormenta viene la calma pero nunca especifican cuánto tiempo invertimos en que la calma se asiente de verdad. No salimos de una y ya estamos en otra, sin solución de continuidad.

Soy una persona que no disfruta las Navidades. Me parece una época donde las personas están obligadas a soportarse pese a que no se pueden ni ver. Las familias se reúnen bajo la bandera blanca de una paz impuesta por los villancicos y el espíritu de bondad. Pero lo que subyace permanece intacto, esperando a que la banderita blanca deje de ondear. Y cuando encuentro familias que no han perdido aún ese espíritu que conocí en mi infancia, la marco en el mapa como un oasis en medio del desierto.

Me estaré haciendo viejo. Eso seguro. La relativa cercanía que nos proporcionan los avances tecnológicos y las redes sociales han hecho de los reencuentros algo prácticamente del pasado. No nos echamos de menos sino de más y eso va en detrimento del sentimiento que se supone que impera en la Navidad.

Nos inflamos a comer y cenar, no sabemos qué regalar y la devolución es tan sencilla que ya no nos esperamos en buscar "el regalo" porque lo que importa es el ticket. Vamos convirtiendo en trámite lo que se supone que era dedicación y cariño y se nota mucho.

Mi año tiene once meses más el mes de las Navidades, que es mi purgatorio particular. Antes intentaba pasar desapercibido pero al final era tanto el esfuerzo que acababa agotado y ¿para qué? Ahora ya no disimulo pero intento no amargarlas a los que la celebran a mi alrededor. 

Eso sí, conservo en lo más profundo de mí, esa ilusión infantil que tenía hace muchos años porque sigo siendo un niño.

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